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El problema educativo que plantea la Inteligencia Artificial no es tecnológico, sino principalmente pedagógico.


La Inteligencia Artificial puede hacer casi cualquier cosa por los estudiantes. Esto nos genera un problema complicado a los educadores, sobre todo en el momento de la evaluación. ¿Cómo saber si fue el estudiante quien realizó el trabajo? Este problema no se resuelve prohibiendo el uso de la IA, es necesario abordar el problema de la motivación interna y de la relación de los estudiantes con el saber. Solo cuando el aprendizaje es percibido por el estudiante como un acto personal con valor en sí mismo, y no como un trámite para obtener un resultado, la IA puede convertirse en una herramienta y no en un sustituto.


Una cantidad enorme de piezas de un puzzle

En el posteo anterior decíamos que la Inteligencia Artificial es una forma extremadamente desarrollada de la capacidad humana de manipular símbolos y operar con abstracciones, pero desprovista de la comprensión consciente que da sentido a esos símbolos.


En este punto es interesante trasladarse al ámbito del aprendizaje. En los años 70 del siglo pasado Ference Marton y Roger Säljö (2005) acuñaron la distinción entre aprendizaje superficial y aprendizaje profundo a partir de una investigación fenomenográfica en la que estudiantes universitarios debían estudiar un texto sobre la reforma universitaria y luego responder a una prueba de evaluación sobre lo que habían entendido. Se les hacía también una entrevista en profundidad sobre cómo habían llevado adelante la tarea.


A partir de esta indagación encontraron que había básicamente dos maneras de enfrentar el estudio del texto y la evaluación posterior. La mayoría de los estudiantes se enfocaron en recordar literalmente lo que decía el texto, mientras que otros intentaron conectarlo con sus ideas y experiencias previas.


Los primeros tuvieron una aproximación memorística: leían el texto intentando memorizar fragmentos, ideas o frases, sin integrar ese contenido en una estructura cognitiva más amplia. En palabras de los estudiantes, "Leía un par de oraciones y luego no recordaba qué había leído porque todo el tiempo estaba pensando Me tengo que apurar para terminar".

"Me ponía a pensar que tenía que acordarme de lo que había leído recién. Tengo que acordar me esto. Pero luego pensaba No me voy a acordar de nada”. A estos estudiantes les preocupaba principalmente demostrar que sabían. Tenían una visión del aprendizaje como cumplimiento de una exigencia externa: entregar un trabajo, ser calificados, aprobar. No intentaban comprender el texto ni sus significados, sino memorizarlo. Su atención estaba enfocada en la literalidad del texto. Este modo de aproximarse a la tarea se caracterizó por ser un esfuerzo ciego y errático por memorizar el texto. "Estos estudiantes parecían, hablando metafóricamente, verse a sí mismos como vasijas vacías a ser llenadas con las palabras del texto”. Esta manera de abordar la tarea fue denominada por los investigadores como aprendizaje superficial.


Otros estudiantes se enfocaron en analizar lo que el texto decía, relacionarlo con sus propias ideas y reflexionar sobre la realidad universitaria. No estaban preocupados por recordar literalmente sino por entender el significado y pensar a partir del mismo. No les preocupaba demasiado el hecho de que iban a ser evaluados, sino la comprensión del texto, la elaboración de conclusiones y la relación de lo estudiado con distintos contextos y situaciones. Los investigadores denominaron esta manera de abordar la tarea como aprendizaje profundo.


Esta distinción entre aprendizaje superficial y aprendizaje profundo es útil para comprender el funcionamiento y el tipo de trabajos que hace la Inteligencia artificial, que está como a medio camino entre ambos extremos. Puede “recordar” una enorme cantidad de información -muchísima más que cualquier ser humano- y puede además relacionarla y buscar patrones. Pero no puede construir significados ni comprender. La Inteligencia artificial es como un estudiante superpoderoso que puede memorizar todo -tiene acceso instantáneo a millones de terabytes de información- y puede organizar textos razonables porque aprendió ciertas reglas para hacerlo, pero no entiende lo que está diciendo.


El aprendizaje profundo implica algo más. Supone construir significados y sentidos personales. Esto es algo que solo puede hacer el cerebro humano.


Hablamos de sentido cuando lo pedagógico toca de forma imprevisible algo importante para quien aprende, aportándole una nueva luz para ver algo nuevo o reinterpretar algo viejo. El aprendizaje cobra sentido cuando las palabras del educando son “palabras propias”, no declamadas ni convertidas en cliché… Algo tiene sentido para quien aprende cuando existe un movimiento interior que le permite conectar lo que se le enseña con sus propias ideas, experiencias y emociones. (Méndez y otros, 2023. Luz, Cámara, Evaluación).


Una ilustración de un joven de espaldas mirando una aurora boreal multicolor.

Por cierto, los aprendizajes que solo requieren recordar y establecer relaciones también son relevantes. No pretendo establecer una falsa oposición. Muchas veces necesitamos memorizar conceptos y aprender procedimientos rutinarios que pueden y deben ser realizados sin pensar mucho. Este tipo de aprendizajes es valioso, pero no deberíamos limitarnos a ellos. El aprendizaje humano implica una involucramiento personal con lo que se está aprendiendo, incluso cuando se trata de procedimientos rutinarios o de conceptos abstractos. La palabra involucrar, según la RAE, significa complicar a alguien en un asunto, comprometiéndolo en él. Tiene su origen en el término latino involucrum (envoltorio). Involucrar es envolver, enrollar adentro. Estar involucrado es quedar internamente comprometido con lo que se está aprendiendo.


Buena parte del aprendizaje en las aulas tiene el carácter abstracto y desligado de la experiencia que es propio de la Inteligencia Artificial. Para muchos estudiantes la educación formal se ha convertido en un juego de estrategias para obtener buenas calificaciones, más que en una experiencia genuina de aprendizaje. El objetivo principal no es comprender o dominar un campo de conocimiento, sino aprobar cursos.


En ese contexto, recurrir a la Inteligencia Artificial para que realice las tareas por uno no es extraño, sino más bien la consecuencia lógica de un juego que consiste en obtener calificaciones que permita avanzar al curso siguiente. Esto ocurre, además, por el exceso de trabajos de evaluación en la educación media y superior. Vivimos en entornos educativos sobrecargados de tareas, tanto para los estudiantes como para los docentes, y terminamos centrados en el cumplimiento de las mismas en forma mecánica. La Inteligencia artificial nos resuelve el problema: no el de aprender sino el de cumplir con exigencias en las que no estamos interesados.


El uso inapropiado de la Inteligencia Artificial para que haga las tareas por el estudiante debe ser comprendido en este contexto, en el que trabajamos en forma enajenada, sin interés genuino en lo que hacemos. Podemos imaginar un futuro distópico en el que:


- Los docentes utilizamos la IA generativa para preparar las clases y diseñar actividades.

- Los estudiantes utilizan la IA generativa para resumir textos y completar esas mismas actividades.

- Los docentes utilizamos la IA generativa para que corrija y califique los trabajos de los estudiantes.

- Y, mientras tanto, alumnos y docentes nos dedicamos a navegar por redes sociales y consumir contenido chatarra.


Un niño robot sentado leyendo un libro

El problema educativo que plantea la Inteligencia Artificial no es tecnológico, sino principalmente pedagógico y no se resuelve prohibiendo el uso de la IA, es necesario abordar el problema de la motivación interna y de la relación de los estudiantes con el saber. Solo cuando el aprendizaje es percibido por el estudiante como un acto personal con valor en sí mismo, y no como un trámite para obtener un resultado, la IA puede convertirse en una herramienta y no en un sustituto.


Pensemos en un adolescente al que le gusta componer música o tocar un instrumento, y tiene una banda con sus amigos. Tal vez utilice una IA como herramienta de apoyo. Pero no dejará que esta componga la música por él. El motivo es simple: lo que lo motiva no es obtener una calificación en música, sino la satisfacción intrínseca de crear, experimentar y mejorar en una actividad que le resulta significativa. Allí donde existe motivación profunda, la herramienta no reemplaza al sujeto sino que lo potencia. Para que exista compromiso real, es necesario proponer situaciones de aprendizaje auténticas, que conecten con la experiencia vital del estudiante y le permitan percibir el sentido de lo que hace, más allá de la calificación que obtendrá.


Como afirmaba el pedagogo francés Philippe Meirieu (2016), “no hay aprendizaje sin deseo”. Y el deseo hay que generarlo. “No podemos contentarnos con dar de beber a quienes tienen sed, tenemos que dar sed a quienes no quieren beber”.


Las tareas educativas deberían exigir que el estudiante ponga algo de sí mismo en el proceso. Cuando la actividad requiere que el estudiante integre la información con su mundo personal, movilizando memoria, emociones, intuiciones y experiencias, estamos en el terreno del aprendizaje profundo. Cuando no es necesario aportar experiencias vitales, percepciones o reflexiones propias, el aprendizaje se reduce a un ejercicio superficial de manipulación de símbolos.


Necesitamos recuperar, en nosotros y en nuestros estudiantes el gusto por hacer las cosas y por la disciplina que enseñamos. La IA nos puede ayudar con los aspectos mecánicos o pesados de la tarea, nos puede aportar ideas, puede revisar nuestras producciones. Pero la clave está en cambiar el sentido del “juego” educativo: de tareas que se hacen para cumplir, a tareas que se realizan porque hay interés en resolverlas y porque se disfruta haciéndolo.


—¡Buenos días! —dijo el principito.

—¡Buenos días! —respondió el comerciante.

Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed.

Se toma una por semana y ya no se sienten ganas de beber.

—¿Por qué vendes eso? —preguntó el principito.

—Porque con esto se economiza mucho tiempo.

Según el cálculo hecho por los expertos,

se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.

—¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?

—Lo que cada uno quiere…

«Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos —pensó el principito—

caminaría suavemente hacia una fuente…».


Antoine de Saint Exupéry

El Principito


Imagen de El Principito sentado con el zorro mirando las estrellas

 
 
 

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